miércoles, 13 de mayo de 2015

Ángeles de cuatro patas.


Alados, de paso corto, de paso largo.
una parte mia murió con ellos.
¿Los rastrojos de mi humanidad perdida?
Primero ella, que murió por mi ausencia,
mientras yo vivía un sueño a kilómetros de distancia yo sentía sus aullidos,
de pena, de dolor, de extrañar.
A ti, viejita,  que me esperaste para que nos despidiéramos de 14 años de amor incondicional,
la gorda de orejas altas,
de mirada profunda e inteligente,
a esa que recibí como un montón de pelos.
Que me extrañaba si no llegaba a la hora,
que daba vueltas cerca de la ventana,
mientras mis pasos se perdían.
A ti que me diste un languetazo cuando creí que la rabia me superaba,
cuando las lágrimas me ahogaban, 
cuando sentí el mayor dolor que un ser humano puede sentir, 
aquello que se perdió y no creció.
A ti que estuviste siempre.
Costó despedirme.
no quería, me negaba.

Luego, al tiempo,
angelitos pequeños, recordándola a ella,
gordos, de patitas rápidas,
una vida por delante.
Los recuerdo con sus colitas,
sus caritas alegres, sus juguetes,
volver a criar.
Se fueron, me dejaron,
a pesar de que le rogué al Altísimo con todas mis fuerzas que me dejara envejecer con ellos.
Parecía el "pecado original".
No, indefensos, no pudieron luchar mas contra aquello que infecta, y mata.
Primero ella, luego él,
puse todo de mi, pusimos todo, rogué, lloré,
toda nuestra energía, no pudimos.
Ángelitos pequeños, 
ahora los imagino ladrando, 
en un lugar lleno de prados verdes, moviendo sus pequeñas colitas.

A ellos, mi gratitud eterna.


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