sábado, 25 de julio de 2009

La cubana

Estaba sentada en la mesa contigua a nosotros,
con el que, al parecer, era su novio.
En el wurlitzer primero sonaban Los Angeles Negros
(placer culpable, lo asumo) y ella cantaba, o mas bien,
tarareaba letras que no conocìa.
Obviamente no pudimos abstraernos de ese mar de gracia tropical
que se reía como gritando y que luego de un par de cervezas,
y de un par de veces que me pidio fuego para encender sus cigarros,
ya estabamos compartiendo con ella y su acompañante,
el que nos enteramos que era colombiano.
No recuerdo mucho la conversación que tuvimos,
solo de que estaban muertos de frìo pero que amaban Santiago.
Luego empezó a sonar musica de sus tierras,
ellos se meneaban y nos invitaban a bailar, pero ya el efecto de una conversación muy regada nos impedía levantarnos y entrelazar nuestras manos con el ritmo cadencioso.
No, nos dedicamos a observarlos,
a llenarnos de su onda, a alegrarnos con su energía.

Salimos del bar, un par de cuadras:
"¿y como se llamaba la cubana?"
"Yeneldin parece, ¿o no?"
"No sé."

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