Recuerdo que hasta hace un tiempo yo tenía un mascarón de proa,
a quien le había dado un nombre de mujer.
Era hermosa,
tenía cabellos dorados y ojos de ángel, y me sentía el capitán mas orgulloso del puerto por tener el mascarón mas bello.
Yo estaba acostumbrado a viajar solo,
los años me habían vuelto un viejo lobo ermitaño,
errante por mares inhóspitos y helados, asi que su compañía me hacía bien.
En uno de esos viajes comencé a escribirle,
si, a la luz de la luna me sentaba todas las noches a escribirle,
y parecía que sus ojos brillaban mas con cada verso que escribía.
Lentamente, creo que comencé a enamorarme de ella,
y creo que ella de mi,
Se que a ojos de cualquiera hubiese parecido un loco,
mas yo era feliz con ella, que con sus ojos de esmeralda guiaba mi barco e inspiraban mi creación.
Hubo un día en que creí que tanto sol me había hecho mal: Marianne se había vuelto real...
Refregué mis ojos con fuerza, pensando que me había vuelto loco, pero no, era ella.
Vivimos felices, juro a los cielos que fui el ser humano mas feliz que pisara la tierra, recorrimos puertos, ensenadas y bahías, el mundo era perfecto, y nuestro.
Todas las noches, ella se colocaba en la proa y yo le escribía, era mi musa y mi compañera, la que tanto habia ansiado, tomabamos la mandolina y cantabamos, le cantabamos a la luna y las estrellas, mientras felices avanzabamos por mares tempestuosos.
Con ella conocí el paraíso hecho verbo, verso y prosa,
la tierra de la miel sobre hojuelas la conocí en su cuerpo dulce y tibio y en su piel que brillaba resplandeciente con el reflejo de la luna mediterranea.
Un buen día eso si, noté que algo había cambiado,
cuando desperté, en mis sábanas ya no estaba.
Desesperado, partí a la proa y no estaba,
la había dejado en un puerto lejano y se había vuelto aserrín.
La odié,
la odié con todo el amor que le tuve por dejarme solo,
porque pensé que estaría toda la vida conmigo si hubiese sido necesario,
la odié porque pensé de manera egoísta que gracias a mi, ella había tenido vida.
Pero no fue así, ella era del mar,
ella no había sido jamás mia,
ella era un montón de aserrín.
Tengo ya lejana su memoria,
de su aroma y sus besos apenas me acuerdo, pero ahora, ahora solo el sol me guia, quizás me termine enamorando de una estrella, y no sería extraño que de la mas dificil de alcanzar.
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