"Bienvenidos al casino".
Allá vamos, de nuevo, me dije.
Arriesgarse o morir, pensé, siguiendo a pie juntillas ese radar que cada ser humano tiene llamado "intuición" y que en el caso mio está pésimamente calibrado, cómo ya se verá.
La jugada se veía perfecta, casi.
Iba haciendo todo bien.
Perfecto, como hace tiempo no pasaba.
O eso creía, al menos mis camaradas eso me ratificaban y yo creí.
Que tonto.
De tanto bluff en algún momento tenía que lanzar el póker de ases pero lo retrasé, tanto como pude.
¿Pánico escénico?
Sí. Y temor al fracaso, ese puto miedo que me empezó a atrapar luego de tanta caída libre.
En algún momento, licor mediante, se cayeron los lentes, la máscara y las caretas, y ahí me vi sin poder tenerme en pie y harto de celos/anhelos que se truncaban ante mis ojos.
Y el portazo.
Había llegado a la final y no lancé nunca las cartas.
Hasta aquí no más llegamos, dijo el croupier.
"Devuelvánme las fichas!" grité desesperado, tomándolo fuerte del brazo.
"Perdiste" dijo.
"¿Pero cómo?, si hice todo bien!"
Eso creí.
Y ahí me quedé, con una borrachera infernal, mi dignidad hecha pedazos, mil excusas que ofrecer y un montón de preguntas que responderme.
No juego más.
No a esta edad.
Ya no apuesto.
No si no es sobre seguro.
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