Y volví.
O volvimos.
La ciudad me esperaba.
Increíblemente yo la añoraba.
Había que re-armarse,
retomar los afectos que dejé aquí y recuperarse de los tormentos.
Y el trabajo.
El bendito trabajo.
Una frase bien polémica resonaba en mi cabeza "el trabajo os hará libres",
y en ella me escudé.
Cuando recordaba aquella noche sólo me encerraba en lo que debía hacer: mi papeleo.
Pero la procesión era interna.
Me afirmé en lo que había, en los puntos cardinales y en sonreír, aunque fuera falsamente.
En una de esas se me hacía costumbre.
Y lo logré.
De tanto sonreír falsamente logré hacerlo costumbre.
Volví a reír con ganas y sin motivo.
Me afirmé en lo que quedaba.
Y era oro.
Era yo mismo.
Ese yo que tenía oculto, que se adaptaba a lo que el mundo pedía de él.
A la cresta.
Elimino lo malo, potencio lo bueno, pero no cambio mi esencia.
Y me dieron ganas de comerme al mundo y que las suelas de mis zapatos se sintieran en todos lados.
Cómo antes.
Cómo ese que supe ser.
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