Desempolvando la bodega apareció algo que tenía muy guardado: mis autitos de juguete.
Desarmados, pintados con spray aluminio que el papá usaba para repintar las llantas de los autos de verdad,
con stickers enchulados, algunos sin ruedas y quebrado sus parabrisas, fueron apareciendo los Matchbox, los Majorette y los Hot Wheels, muchos de ellos donados por mi hermano, los últimos, regalos mios junto a algunos de plástico y latón.
Los volví a guardar hasta que hoy, mi padre los lanzó en el suelo para botarlos,
los que estuvieran malos o inservibles. Cuando los ví en el suelo me apaniqué e inconscientemente volví a armar las hileras en un taco, tomé los dominós y volví a hacer "garages" y a instalar las rampas en sus camioncitos, en el mismo lugar en el que hace mas de 10 años dejé de hacerlo.
Si, a los 24 años volvía a jugar con autitos en el patio.
Me acordé de esas tardes de verano con mi mamá cortando choclos, de mi perro Coffee aun pequeñito dando sus primeros ladridos, de mi hermana y mis sobrinas, de ese mundo tan protegido en el que nada malo podía pasarme, y si algo así sucedía siempre estaría papá para protegerme, mamá para curar mis heridas y mi hermana para consolarme, siempre.
¿En qué momento dejé de jugar?
¿Es madurar necesariamente ir coleccionando amarguras?
Cuando dejé de hacerlo impedí que cualquier juguete mio fuese regalado ni mucho menos botado, y no por egoísta si no que por albergar una secreta esperanza de que los necesitaría en algún momento, dejandolos almacenados en la bodega del entretecho.
Pero es tarde, debo despertar,
se acabó la inocencia, se murió el último nexo con mi infancia.
Quizás deba regalar mis juguetes, ya soy grande, aquello que tanto anhelé.
Buenas noches, Beirut...
No hay comentarios.:
Publicar un comentario