Vuelvo.
Vivo.
Sano.
Camino por Bilbao, una canción resuena en mi lista y en mi cabeza.
Libre ya.
Gracias.
Vuelvo.
Vivo.
Sano.
Camino por Bilbao, una canción resuena en mi lista y en mi cabeza.
Libre ya.
Gracias.
Y morí.
Creí conocer la pena hasta que me vi hecho pedazos,
con mi perro mirándome con lástima.
30 cigarros diarios.
Una botella de whisky al día.
Frío.
Desilusión.
Decepción.
¿Que demonios estoy haciendo con mi vida?
Subir para luego bajar.
El estado de euforia permanente,
evadir era la solución.
¿Que demonios estoy haciendo con mi vida?
El encierro me desespera.
El frío.
El dolor en la espalda se siente como una puñalada.
Intentando que la carne olvide al espíritu,
arriesgándolo todo.
Mientras, subiendo al ascensor dispuesto a "vengarme",
haciendo que la carne haga olvidar al corazón y al alma.
Doy marcha atrás, casi inconsciente.
Como un resorte.
Me devuelvo, enciendo el auto, prendo un cigarro y hago el camino a la inversa.
Sin explicar nada.
Sin hablar nada.
Me concentro en las luces.
Inadvertidamente mis mejillas se mojan.
¿Por qué?
Ya no existo.
¿Que estoy haciendo con mi vida?
Los amigos me llaman.
No contesto.
Olvido los deberes.
Se detonaron las bombas que tenía enterradas.
¿Que demonios estoy haciendo con mi vida?
"Bienvenidos al casino".
Allá vamos, de nuevo, me dije.
Arriesgarse o morir, pensé, siguiendo a pie juntillas ese radar que cada ser humano tiene llamado "intuición" y que en el caso mio está pésimamente calibrado, cómo ya se verá.
La jugada se veía perfecta, casi.
Iba haciendo todo bien.
Perfecto, como hace tiempo no pasaba.
O eso creía, al menos mis camaradas eso me ratificaban y yo creí.
Que tonto.
De tanto bluff en algún momento tenía que lanzar el póker de ases pero lo retrasé, tanto como pude.
¿Pánico escénico?
Sí. Y temor al fracaso, ese puto miedo que me empezó a atrapar luego de tanta caída libre.
En algún momento, licor mediante, se cayeron los lentes, la máscara y las caretas, y ahí me vi sin poder tenerme en pie y harto de celos/anhelos que se truncaban ante mis ojos.
Y el portazo.
Había llegado a la final y no lancé nunca las cartas.
Hasta aquí no más llegamos, dijo el croupier.
"Devuelvánme las fichas!" grité desesperado, tomándolo fuerte del brazo.
"Perdiste" dijo.
"¿Pero cómo?, si hice todo bien!"
Eso creí.
Y ahí me quedé, con una borrachera infernal, mi dignidad hecha pedazos, mil excusas que ofrecer y un montón de preguntas que responderme.
No juego más.
No a esta edad.
Ya no apuesto.
No si no es sobre seguro.